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DEL “AHORA ME PONGO” AL “SI HUBIESE …”. LA PROCRASTINACIÓN Y SUS CONSECUENCIAS EN NUESTRA VIDA COTIDIANA.

Esta semana queremos poner la atención sobre un fenómeno “nuevo” que, en la actualidad, afecta a muchas personas. Ya se le ha puesto nombre, uno que, por supuesto, suena fatal. La procrastinación. Es un nombre que suena fatal y eso hace que parezca que es algo chungo y muy complicado… Ya volvimos a poner una etiqueta a una actitud, ya podemos considerar que es algo malo y que se debe tratar… Pues bien,  creo que yo nací procrastinando… por lo visto tuve a mi madre tres días de parto… Y desde entonces, ha sido un no parar de procrastinar…

La primera palabra con sentido que recuerdo haber dicho en mi vida fue un claro “voooooy”. Si, si, con tooooodas esas oes. Fui madurando a nivel lingüístico como correspondía y por tanto, aprendí a decir frases intencionales con dos palabras, que fueron “vooooy ahooooora”. Obviamente esta adquisición se produjo a base de repetir una y mil veces una conversación diádica con “mis mayores”. Estas interacciones fueron del tipo:

Mamá: “Nuria, cuando puedas ven”

Nuria (o sea yo): “Vooooooooy”

Mamá: “¿Cuándo?, ¡te estoy esperando! (porque tengo una madre adorable… no se que pasaría si fuese yo quien tuviese ese papel).

Nuria: “Ahooooora”.

Y es que siempre había algo mucho más interesante que hacer o más confortable…

Después de sobrevivir a las incidencias propias de esta forma de relacionarme con el entorno durante mi infancia, interioricé el discurso y comencé a decirme a mi misma frase tan cotidianas como “en 10 minutos me pongo”, “en cuanto acabe el capítulo”, “me pongo en un momento y si no me da tiempo recorto luego y hago algo menos laborioso” ….

Y es que esta forma de proceder de nombre tan complicado ha existido siempre, aunque la hemos asociado a actitudes relacionadas con la vagancia, la pereza, la irresponsabilidad, la desmotivación, el desinterés, … Se da en todas las edades, aunque quizás la época evolutiva donde genera más conflictos, sobre todo en las relaciones familiares, es la adolescencia. Pero normalmente mejora con el simple paso del tiempo, si no hay otras causas que la motiven y aunque a veces no desaparezca del todo.

A medida que vamos creciendo vamos aprendiendo o debemos aprender a planificarnos y organizarnos, a definir nuestros objetivos y todos aquellos recursos y aptitudes cognitivas que nos permiten dar respuesta a las diversas obligaciones y responsabilidades que componen nuestro día a día. A manejar esas situaciones en las que no podemos conseguir nuestros objetivos de forma adecuada bien porque nos organicemos mal o bien porque no contemplemos en nuestras planificaciones la incidencia de imprevistos… Muchos pueden ser los motivos. No obstante, en la mayoría de las ocasiones, algún “ahora voy” nos complica, pero no impide que podamos cumplir con nuestras pretensiones organizativas.

Normalmente, no supone ningún tipo de problema grave y mucho menos psicopatológico. Sin embargo, siempre suele atentar tanto contra la implicación como contra la calidad de la ejecución que podríamos llegar a realizar. Y sobre todo, lo que es seguro que genera niveles notables de estrés, cuando descubrimos que los 10 minutos que nos regalamos se han convertido en 3 horas.

Es en esos casos, en los que esa tendencia a posponer el enfrentamiento de nuestras responsabilidades nos genera conflictos de relación con nuestro entorno, con la consecución de nuestros objetivos y metas o incluso de proteger áreas de nuestra vida que, realmente son importantes para nosotros. Entonces, la procrastinación si que se convierte en un problema personal y relacional.

No debemos confundirla con síntomas propios de cuadros psicopatológicos. Como por ejemplo, la desmotivación, la apatía, la abulia o incluso con la falta de respuesta ante objetivos o responsabilidades con los que no nos sentimos comprometidos, entre otros. Hemos de tener claro qué, la procrastinación se puede llegar a expresar del mismo modo que las alteraciones citadas anteriormente. Pero que en este caso, el individuo sabe, quiere y le importa lo que tiene que hacer. Pero le cuesta arrancar y/o arrancarse de la situación de donde estoy ahora. Y consecuentemente, suele aparecer posteriormente el estrés, la culpa y la autocrítica.

Y de este modo, las negociaciones con nosotros mismos generan un bucle entre el “uff ahora voy” (repetido número indefinido de veces) y el “que coraje, me han faltado dos horas”. Este discurso de pensamiento suele ir acompañado de diversas manifestaciones de estrés y agobio, que ya si comienzan a suponer una fuente de estrés importante para quienes la padecen. Si no se les presta atención al estrés que puede generar la procrastinación, entonces sí que puede derivar en alteraciones del estado de ánimo, de la funcionalidad e incluso de la autonomía del individuo. Así que, si te sientes identificado/a con estas palabras. Si escuchas demasiadas veces que todo lo dejas para última hora y que al final no cumples como puedes. No te demores en ponerle solución. Y si sólo no puedes, recuerda….¡Pedir Ayuda está Bien!. Y nosotros estamos aquí para echarte una mano… ¡desde ya!.

Y como ya os he comentado que creo que, la no la inventé yo, pero que ya nací procrastinando, os dejo ya. Porque, aunque en el caso de hoy el brasero es un gran aliado de mi mal hábito, ya he usado mis tres “voooooy” de gracia. Y antes de que los «no procrastinadores» de mi familia vengan a por mí, con actitudes hostiles, voy a ponerme en marcha. Feliz Semana.

Texto de Nuria Blanco Piñero.

 

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